Danza en las cárceles: La revolución de los cuerpos

La realidad es que estoy preso, en una cárcel /Lo real es que soy libre, demasiado libre”.

“Diferencias invisibles”, de Camilo Blajaquis

Que la danza es la mejor medicina para algunos espíritus y cuerpos inquietos, ya es casi un cliché. Que puede sanar, también. Pero deja de ser sólo “un cliché” o una frase bonita cuando encuentra arraigo material en experiencias tangibles que sostienen estas prerrogativas. Un ejemplo comentado en estas páginas fueron las iniciativas que la utilizaron para contrarrestar los efectos en los enfermos con el Mal de Parkinson, a cargo de los integrantes del English National Ballet. Otra experiencia surreal que ha llevado la danza a convertirse en una maravillosa práctica de reflexión es aquella vivida en las prisiones.

Hace unos días llegó a mí la experiencia de un grupo de presos en una cárcel de seguridad media en el estado de Nueva York, llamada Woodbourne Correctional Facility. Apoyada por una organización denominada “Rehabilitación a través del arte” (Rehabilitation through the arts), una maestra de danza infantil, Susan Slotnick, creó el primer y único programa de danza para varones en una cárcel norteamericana. Y, además, es uno de los pocos a nivel mundial. Esta mujer que hoy tiene casi 70 años, se dedicó a ofrecer a estos hombres una posibilidad nueva a través del movimiento, invirtiendo en ellos seis horas de cada uno de sus domingos desde hace siete años.

Fue así que nació el grupo “Figures in Flight: Released”, que significa algo así como “figuras en vuelo: liberadas”, con seis integrantes, muchachos en que habitualmente no se depositaba demasiada fe: la mayoría había pasado casi la mitad de sus vidas tras las rejas, condenados por asesinato, tráfico de drogas u ofensas sexuales.

Los resultados son no sólo emocionantes de ver, sino que restauran cualquier esperanza perdida en la humanidad. Hoy el grupo es convocado a bailar en distintos espacios, como otras cárceles e incluso teatros, junto a compañías profesionales. Todos los miembros del grupo han ya salido de prisión y continúan bailando, en vistas a profesionalizarse cada vez más.

Cada clase que Susan Slotnick ofrece en la prisión consiste en dos partes. Por un lado, realizan ejercicios y coreografías de impronta moderna – con remembranzas al trabajo de Alvin Ailey y de Graham, quien creó su estilo justamente fundándose en la concepción de que la danza debe transmitir la esencia humana-, aunque también aplica tap, jazz y algo de ballet. En segundo lugar, luego del movimiento, todos los asistentes se sientan en círculo y conversan acerca de sus emociones. Slotnick llama a sus clases de danza, “clases de filosofía”. Y sin duda que lo son. “La mayoría de mis chicos eran adolescentes cuando cometieron sus crímenes”, dijo ella a la cadena de noticias canadiense CBC a colación de una entrevista realizada en diciembre último. Asimismo, enfatizó el hecho de que los convictos con los que trabaja no tuvieron posibilidad de ir a buenas escuelas, ni tuvieron padres presentes y fueron incluso víctimas de racismo institucionalizado.

Slotnick comentó en la mencionada entrevista que la danza no sólo ha mejorado sus habilidades físicas, sino verbales. Uno de los convictos, Albert, indicó al respecto: “La danza me mostró que no importa lo que hagas, uno siempre tiene una opción. Me enseñó a interactuar. Tanto físicamente como verbalmente. Mi mala elección fue que yo no me comunicaba. No pedía ayuda. Ahora aprendí de mi error. Aprendí que no estoy solo”.

Fuente: https://revistarevol.com/actualidad/danza-en-las-carceles-la-revolucion-de-los-cuerpos/

Autora: María José Lavandera – Tw: @majolavandera